El Papa Francisco nos ha devuelto del exilio, por eso tememos tanto que sus pulmones se vuelvan a ahogar, su aliento a cortar, su corazón a dejar de latir. No queremos retornar a la tierra de nadie, no deseamos de nuevo hacer las maletas. ¡Ojalá nos bañara su bendición desde el balcón de la resurrección! Esa bendición cobra más fuerza dado su tan precario estado de salud. Ojalá nos alcanzara ese “In nómine Patris, et FÃlii, et SpÃritus…†tan poco aéreo, tan a ras de rodilla, a los exiliados, a los hijos pródigos, incluso a los renegados. Somos los que no perdimos por entero la fe, los que creÃmos que un dÃa esa Iglesia resucitarÃa y se sacudirÃa sus permanentes claroscuros, su pesada lápida de centurias, su insostenible lastre de privilegio, autoritarismo, cuando no de abuso. Somos los que estamos volviendo de la mano de este Papa entrañable. Es su bonhomÃa, su humor incluso al encarar la enfermedad extrema, su reflejo del testimonio del Nazareno, lo que nos animó de nuevo a acercarnos a Casa o lo que es lo mismo a la genuina comunión de seguidores de Jesús el Cristo. Resta a la Iglesia mucho trecho por recorrer, mucha cerrazón por quebrar, mucho oro por caer de las alhajas cardenalicias. Queda una Institución con rostro de mujer por inaugurar, mucha doctrina caduca, mucho dogmatismo incomprensible por revisar…, pero nadie habÃa ido tan lejos como él en el impulso renovador. También en el Vaticano su amanecer está sometido a la gradualidad. No podemos seguir insuflando por siempre esos pulmones agotados. ¿Qué vendrá después del Papa que tocó tan hondo nuestros corazones? ¿Quién podrá acercarse a la altura de este jesuita argentino que tanto bien ha prodigado a este angustiado mundo? No sabemos la composición del colegio cardenalicio del que en el futuro surgirá el sustituto. Desconocemos si hay serios compromisos con la aurora que Jorge Mario Bergoglio puso tan feliz y oportunamente en marcha. Confiemos en que la divina providencia sabrá colocar a alguien revestido de su humildad y carisma, alguien a la altura de estos tiempos tan complicados, capaz de proseguir con el proyecto renovador del pontÃfice latino al que esperemos que el Eterno conceda aún alguna prórroga. "Necesitamos abrirnos más a la esperanza ofrecida por el Evangelio, que es el antÃdoto para el espÃritu de desesperanza que crece en la sociedad...", proclamaba el Papa Francisco sin reparar en que él ha sido y es, en palabra y obra, la última entrega de ese mismo Evangelio ya renovado que tanto necesitábamos. La quÃmica y las terapias han logrado poner por ahora una coma algo cansada, donde se preveÃa el punto final de su capÃtulo evangélico. Podamos seguir leyéndolo con pasión, sobre todo observándolo con firmeza y determinación. |
|
|
|